Viendo a mi gato Fidel se entiende que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día; y cuando quieren se exhiben con la guardia baja empobrecidos de lluvia y madrugada. Al atenuarse todo gato se hace etéreo, inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. La mirada de un gato al parecer bien ajena y perdida, repite nuestro íntima pregunta por dónde ha pasado el tiempo, qué hicimos con la vida….
Mi gato revive al escuchar música en mi falda; y ese sutil sigilo que refleja en mi espejo al oír el yumbeado de Negracha o La Cachila de Pugliese, parece conmoverle su pelaje. Pero hasta ahí nomás, y después tanto me apena su indolencia cuando el tango es una catarsis nostalgiosa que nos conversa muy quedo, despacito, de ciertas plenitudes sin testigo. Y sí gato Fidel, el tango es el vino a solas o sueño demolido, y a rachas la mirada de esa piba que a contraluz, retorna. El tango debe ser en voz baja o a rasguidos de viola misteriosa si algún recuerdo turbio irrumpe sin aviso, o cuando cierto olvido ya olvidado se adueña de nosotros. Es así nomás la historia: en alta voz y teatralero el tango es una grosería de recién venido, y sin nuestro deschave confesión ‘de como fueron esas cosas' sería otro ruido más, carnestolendo. Por eso al sincerarnos en soledad y sin trampa, suena un tango compadre y nos perdona…
Pero, ¿vale inquietar a un felino indolente con el enigma de cada derrotado y muchos cigarrillos de tediosa ceniza? En cambio ante el Concierto Número Cuatro de Mozart, Fidel se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo ya dos sílabas sin cuerpo que vuela en otro mundo sensorial, es bueno ya decirlo. Sí señores, a mi gato atigrado cualunque cabezón y sin prosapia lo diferencia del resto su refinado gusto. Cualquiera de su especie es amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin proyectar su sombra, clandestino en silencio y el secreto libertario en su mirada, pero ninguno como mi gato Fidel al disfrutar a Mozart en mi bemol mayor.












