Hace ya dos horas que el almuédano ha convocado a la oración de la mañana; y, realizadas las preces y tomado el desayuno, los malagueños y sus huéspedes inician sus tareas profesionales diarias: tiendas y mercados, oficinas y escribanías, escuelas y estudios, … El hombre al que nos referimos antes se mueve entre quienes se cruzan en su camino hacia el lugar de trabajo o, al menos, de dedicación. Junto a su figura y sus ademanes graves, pero no hoscos, y sus vestimentas talares de una pulcritud fulgurante, existe otro detalle que le distingue del resto de transeúntes. Un detalle lleno de significado. Un símbolo y una señal para todo quien lo note, que son todos. Lleva turbante.
Es el único que porta ese tocado, tan oriental, tan islámico, en las calles céntricas de la Málaga musulmana en esa mañana de hace siete siglos. Y, por supuesto, su actitud tiene un por qué. Ya han pasado más de cien años, desde que los andalusíes, han empezado a dejar de llevar turbante de forma habitual y ya, en la época que nos ocupa, sólo lo llevan dos clases de gente, los jueces y los ascetas. Esos místicos denominados sufíes:
En cuanto al atuendo de la gente de al-Ándalus, la mayoría carece de turbante, especialmente en el este de al-Ándalus, mientras que en el oeste el uso es frecuente, sobre todo en el caso de los cadíes y los alfaquíes a los que he mencionado, siendo negligentes en su utilización en el este. [1]
Únicamente les imitan en esto, los mudéjares, los musulmanes que viven en los reinos cristianos. El turbante les sirve de distintivo religioso y de signo de pertenecia a una comunidad culturalmente singular. Aparte de esto, también hacia un siglo que al-Ándalus se había reducido a los territorios del reino nazarí de Granada. Es decir, desde Gibraltar hasta los últimos confines de lo que hoy es la provincia de Almería y el espacio encuadrado por la cordillera bética (la serranía de Ronda y las sierras de Cazorla y Segura). Pero incluso en estas circunstancias tan poco alentadoras, gobernantes y ciudadanos del reino parecían haberse puesto de acuerdo para recuperar, en la medida de lo posible, el pulso social del califato de Córdoba; ilustre antecesor en el que todos, instituciones y personas, se contemplaban como en un espejo que les devolvía de la imagen de lo que debían ser y de lo que tenían que hacer para serlo. Y fue un proyecto, que, a pesar de todas las vicisitudes políticas por las que atravesó, consiguió alcanzar sus objetivos. Y ello hasta el punto de que fue el período en el que la sociedad andalusí lo fue más que nunca, tanto en su especificidad como en la homogeneidad de los elementos que la compusieron. Ya no había tribus yemeníes ni sirias. Ya no había muladíes -hispanos conversos al Islam- ni árabes ni beréberes. Sólo había andalusíes: musulmanes, judíos y cristianos. Todos eran arabófonos. Y el único blasón para los musulmanes era tener un comportamiento virtuoso según los cánones de la ley islámica tal como se entendían entonces. Es verdad que seguía siendo importante pertenecer a tal o cual familia de abolengo árabe o beréber, pero no tanto en cuanto al origen étnico que exhibía, sino más bien en el cómputo de los logros políticos y científicos, culturales, de los miembros de dicha familia en el suceder de las generaciones.
El hombre del turbante es alguien así, inmerso por completo en ese proyecto de vida ardorosamente islámica en un Al-Ándalus de modestas dimensiones territoriales, pero de grandes perspectivas humanas y humanísticas. Se llama Muhammad al-Sáhili, es decir, Muhammad el de la Costa. Ese es su nombre oficial, administrativo. Pero al coincidir con el de su padre, hombre también de gran prestigio social y espiritual, es más conocido, y en ocasiones distinguido por ello de su progenitor, con el apodo, laqab, en árabe, de al-muaámmam, el enturbantado. No se sabe si había adoptado este tocado, antaño- en tiempo de los almorávides y los almohades, común a todos los estratos sociales-, siguiendo la moda africana y oriental de su tiempo en relación a los sufíes y a los juristas; o bien por personal convicción de seguir una tradición de la indumentaria del Profeta. Lo cierto y seguro es que el uso del turbante le aportaba, en su nombre y en su figura, un rasgo de distinción frente a los demás que ha perdurado hasta nosotros, y al que, de forma inevitable, debemos aludir para referirnos a él sabiendo quién es.
Acaba de salir de la madrasa, es decir, de la academia de ciencias islámicas que él mismo ha fundado para seguir difundiendo las enseñanzas espirituales que su padre, en una vida llena de peripecias políticas y de trayectos místicos, había ido formando. Fue lo primero que hizo, cuando, una vez fallecido Muhammad ben Ahmad al-Sahili, su padre, los discípulos de éste lo fueron a buscar a Marruecos donde se hallaba bajo la protección de un mecenas anónimo. El poeta Ibn al-Yayyab, se deshace en alabanzas hacia tan buena acción. Y así le dedica los siguientes versos a la madrasa malagueña[2] :
Se ha levantado tu santa construcción
Como una luz que no pueden borrar las tinieblas.
La época en que vivimos se ufana de ti, un hombre
Magnánimo que deja en la religión huellas profundas.
Con ella has llamado firmemente la atención sobre las
Obras piadosas para cuando el hombre se desentiende de ellas.
Has realizado de las acciones que puede hacer un hombre piadoso
Una obra nobilísima que perdurará.
Su deambular por la medina de Málaga (si aceptamos que tuviera un plano de calles semejante al actual) lo lleva pues, desde la plaza del Obispo, donde parece estaba situada su escuela islámica, y a través de los numerosos espacios comerciales y de manufactura de la ciudad, por la calle Salinas, hasta torcer a la derecha para coger la calle Fresca. Aquí se reúnen varios almacenes y tiendas de telas y ropas delicadas. Es la Alcaicería de Málaga, cuyos comerciantes monopolizan para el estado los productos de lujo. Antes junto a la madrasa ha tenido ocasión de pasar por algunas tiendas de perfumes, cercanas a su vez la mezquita aljama, la mezquita mayor de Málaga. Esta distribución de tiendas y oficios tiene, en el plano de espacios adscritos a la ciudad islámica clásica, una clara intención: envolver el espacio de meditación y de adoración que proporciona la mezquita principal con elementos que contribuyan a la paz y a la armonía en el encuentro del ser humano con su Creador. Por eso, los oficios e industrias más nobles (perfumes, sedas, prendas finas de vestir y de calzar, maderas olorosas para trabajos de ebanistería, …) se hallan más cercanas a ese lugar de reunión fraternal que supone siempre una mezquita. Sobre todo si es la mezquita mayor.
Al-muaámmam continúa su paseo al finalizar la calle Fresca. Atraviesa la calle Santa María y se introduce por la calle del Correo Viejo, una de las calles que todavía se conservan del trazado original de la época islámica y que –tras la conquista- pertenecería al entramado urbano de la Morería. Quiere alcanzar la calle Granada. En ese lugar, seguramente, habría otras tiendas y otros mercados, quizás ya de muebles y enseres y utensilios caseros más de uso diario; pero aún con estatuto de nobleza para tener proximidad al “lugar donde uno se prosterna ante Dios”, que es lo que significa mezquita, másyid, en árabe.
El itinerario que sigue nuestro maestro sufí de turbante blanco le lleva a tomar la calle Niño de Guevara y después el Cañuelo de San Bernardo para ir a dar a la calle Beatas, con sus espléndidas casas señoriales que disponen de amplias y ricas huertas interiores, como la casa solariega, verdadero palacio principesco, de los Banu Manzur, ilustre familia de juristas de origen sevillano afincada en Málaga desde el siglo XII (VI de la Hégira)..
Al-muaámmam desemboca, al igual que sucede con la calle Beatas, en la plaza del Teatro. Y aquí empieza ya a encontrar oficios menos nobles, a lo mejor más humildes, pero no por ello menos necesarios, como son los caldereros y los herreros; pero cuya actividad produce, inevitablemente, ciertas molestias al entorno. Por ello, se encuentran algo alejados de la mezquita mayor. Ahora bien, eso no quiere decir que durante el itinerario seguido por Mohammed Al-Sáhili, el enturbantado, no hubiera otras mezquitas, incluso en ese pasaje, ya cercano a la muralla norte de la ciudad que es la calle Beatas. Pero son mezquitas pequeñas, mezquitas para los comerciantes y los vecinos de la zona, y para los transeúntes y clientes que, en el momento de la plegaria ritual del Islam, se encuentran a los alrededores. De allí se dirige por la Puerta de Buenaventura, es decir, Bab el-Jáwja, o la Puerta del postigo, al verdadero objetivo de sus pasos: la rábita de Abul-Qásim al-Murid, la záwiya, el cenobio (el rincón en árabe), de su cofradía mística. Esta rábita estaba situada, según nos dice el propio Muhammad al-Sáhili, a cien pasos del puente que atravesaba el foso que rodeaba a la ciudad de Málaga y que se encontraba en frente de Bab el-Jáwja, es decir, más o menos en la intersección entre las calles Mariblanca, Madre de Dios y Peña, en la cima del pequeño montículo sobre el que discurren estas tres calles actuales.
Y allí, ya fuera de la medina, la ciudad, de Málaga, se extendía el arrabal de Funtanal-la. El único caso en todo al-Ándalus en el que un poblamiento urbano islámico lleva un nombre latino. Se trata de un gran barrio extramuros donde las casas están intercaladas de numerosos jardines, huertas, hornos, mesones y baños, incluso con una mezquita aljama propia.
Y es en este punto, en esta extensión de la vitalidad demográfica de la Málaga islámica del siglo XIV, donde finaliza el periplo urbano de nuestro personaje. Muhammad al-Sáhili, al-muáammam, el enturbantado, entra en la fresca casa con patio central que constituye el centro de recogimiento del colectivo místico al que él y su padre pertenecen. Un grupo de gente que persiguen en todas sus acciones, públicas y privadas, una meta excelsa: estar lo más cerca posible de Dios y no ver ni contemplar nada ni nadie de su creación, sin verle a Él detrás.
“Todo lo que hay sobre ella [la tierra] perece, mientras la Faz de tu Señor, Dueño de toda majestad y toda nobleza, permanece” (Corán LV, 24-25)
(Los datos utilizados en este breve apunte están tomados del libro de María Isabel Calero Secall y de Virgilio Martínez Enamorado, Málaga, ciudad de Al-Ándalus, Málaga, Editorial Ágora y Universidad de Málaga, 1995; y del artículo de los mismos autores, “Rábitas y zubias malagueñas”, en Franco Sánchez, Francisco, La rábita en el Islam. Estudios interdisciplinares, Ajuntament de Sant Carles de la Ràpita y Universitat d’Alacant, 2004, pp. 237- 254)
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[1]Ibn Sa’id, recogido por al-Maqqari en su Nafh at-tib, tomo I, p. 222.
[2]Traducción de María Jesús Rubiera Mata.












