Occidente y la pluralidad
Uno de los problemas estructurales de Occidente es su intransigente negación de la pluralidad. Desde sus inicios, en la Edad Media y en su enfrentamiento con el Islam, ha impedido a los ciudadanos de sus sociedades el hecho de poder gozar de una pluralidad de ideales y de proyectos de vida. Es esa misma oposición la que se alza hoy mismo como obstáculo infranqueable ante la solución de los problemas sociales derivados de la inmigración desde otros ámbitos de civilización como el Islam. Parece que, en principio, para Occidente no se puede ser musulmán y occidental, shintoísta y occidental, judío y occidental. Se debe ser occidental con algún tinte oriental o exótico, pero irresolublemente occidental en obra y pensamiento. Todas las demás civilizaciones contemplan la existencia de minorías plurales en su seno, con excepción de Occidente, cuya historia podría ser denominada como la historia de la exclusión.
De hecho, una de las tesis del orientalista francés Régis Blachère (1900-1973), expresada en su biografía de Mahoma[1], explica la condición de excluidos de la salvación y de la civilización que sufren los musulmanes, es decir, los no judíos y los no cristianos, en un primer momento, hasta el advenimiento del Islam entre los árabes. Blachère retoma un argumento bíblico caro a los judíos y a los cristianos con respecto a los musulmanes, que no es otro que la expulsión, más bien el abandono, que realiza Abraham de su mujer Agar y de su hijo Ismael, ancestro de los árabes, por indicación de Dios en la Biblia, ya que la alianza divina debía ser, según el Génesis, con su hijo Isaac, el ancestro de los hebreos[2].
Según la teoría de Blachère, los musulmanes están excluidos del plan divino, religioso y de civilización, por voluntad directa de Dios. Así el Islam aparece y se presenta, con decidida voluntad y plena convicción de Mahoma –según Blachère-, como una repulsa a esta exclusión y una vindicación del derecho de los no judíos y no cristianos a formar parte del plan de salvación. Pero esa vindicación tiene unos resultados negativos porque, ya lo ha decidido Dios, y los no cristianos y no judíos no tienen ni derecho ni posibilidades de ser admitidos como elementos agentes en la historia de la salvación y de la civilización, incluso a pesar de que los acontecimientos históricos demuestran todo lo contrario, al menos en el plano de la civilización.
Y esta postura desdice de la grandeza de Occidente y de sus indiscutibles logros en el avance de la humanidad hacia un estadio de vida mejor y de desarrollo en todos los planos. Occidente debe aprender la lección de la pluralidad en el sentido de permitir la existencia de otras mentalidades en su seno. Eso no le perjudicará. Por el contrario le reforzará y le aportará a sus presupuestos de civilización una legitimidad de la que hasta hoy carece ante los pueblos y las personas no occidentales.
Entre los pensadores occidentales, o con los supuestos pensadores occidentales, parece existir la premisa de no fiarse de la argumentación, de las situaciones o de las aporías que les plantean los textos y los pensadores musulmanes. A primera vista, es algo que sorprende mucho. Pero si se tiene en cuenta que en muchos de los planteamientos occidentales acerca del Islam se produce una cierta manipulación, con silencios y rodeos hasta cierto punto premeditados, se puede comprender cómo, al encararse en un debate con los musulmanes están convencidos de que la argumentación de éstos adolece de la misma estrategia y no la aceptan, no por ser errónea o no convincente, sino porque presumen la existencia de silencios y rodeos que no pueden captar y en los que se halla el punto débil de dicha argumentación, al igual que ocurre con la suya. Es esa presunción de que el Islam o sus planteamientos no pueden ser tan perfectos, o con esa nítida intención de pureza y autenticidad, una de las dificultades que se yerguen como obstáculo principal a la aceptación, no ya del Islam como sistema de pensamiento, sino del propio debate intelectual entre occidentales y musulmanes.
Los musulmanes, por su parte, no tienen, o no deberían tener, ninguna reserva en aceptar para el debate ninguna aseveración, incluidas aquellas desprovistas de argumentación lógica o de demostración empírica. Lo único que deben exigir es poder tener presencia en el debate y que su postura y argumentación puedan ser conocidos con el fin de que sean valorados por los lectores o los oyentes, y éstos puedan decidir la validez o no de las opiniones, musulmanas o no, con respecto al Islam. Por lo tanto, habría que condenar cualquier censura en cuanto a poder expresar los contenidos islámicos en cualquiera de los campos de conocimiento o de vida en los que ésos se sitúan.
En este sentido, el principal problema que tienen los musulmanes a la hora de poder exponer sus presupuestos doctrinales y de actuación está en su ausencia de los foros de debate y de análisis sobre el Islam. Esta ausencia viene impuesta por varias causas, las principales se hallan en la desidia o el interés negativo que tienen en ellos los supuestos líderes sociales e intelectuales de los musulmanes, la relativa falta de formación de éstos en las propias cuestiones islámicas –desde un punto de vista académico, pero también de manejo de los esquemas de conocimiento propios de la tradición y civilización islámicas- y, sobre todo, por su quasi-exclusión de dichos foros de debate y análisis, incluidos los medios de comunicación, por parte de sus moderadores. Ello convierte a los musulmanes en el convidado de piedra de las discusiones sobre el Islam y a los medios de comunicación y sus actores en los forjadores de las nociones que, sobre el Islam, circulan en la sociedad, incluidos los propios musulmanes:
Lo que parece importante señalar, dentro del tratamiento público de estos dos “affaires” (Fallaci y Houellebecq), no es tanto la islamofobia de los autores (que ya se había señalado), sino la quasi-invisibilidad de argumentadores musulmanes. El debate polémico nunca se ha constituido sobre los prejuicios que sufren las víctimas (los musulmanes), sino sobre “la” norma definida unilateralmente por los intelectuales mediáticos: aquello que se puede o no decir sobre el Islam[3].
Aunque también es sintomático que, al menos en España, los musulmanes no hayan sido capaces de establecer y potenciar foros de debate y de análisis que puedan convertirse en lugares de referencia y consulta en lo referente al Islam y los musulmanes.
Modelos de comprensión y estereotipos de confrontación
El profesor Zuhayr al-Wasini dice en una obra suya[4] acerca de cómo se configura el conocimiento y la relación con los otros que no pertenecen a nuestro grupo:
Hay algo fundamental que debemos tomar como punto de partida: El ser humano acostumbra a construir sus ideas sobre una lógica normativa (de modelos o módulos). En la mayoría de las ocasiones emitimos un juicio sobre las cosas no después de haberlas visto sino con anterioridad a ello, porque partimos de juicios que se forman en nuestras mentes a través de la cultura a la que pertenecemos
Tal es el punto de partida de nuestra percepción de quienes no comparten ni nuestra cultura ni nuestra formación. El error sólo está en no validar estos modelos hipotéticos con la realidad y modificarlos –o conservarlos intactos- según los datos que ésta nos aporta. Y la actitud más habitual es la no validación de los modelos hipotéticos acerca de los demás, lo que induce a apreciaciones erróneas y, en consecuencia, a comportamientos que pueden derivar hacia situaciones conflictivas.
En todas las sociedades y culturas existen esos modelos hipotéticos del otro. Forman parte de la propia cultura y, hasta cierto punto, suponen una reafirmación de la personalidad diferencial de una cultura y sociedad con respecto a otra y también garantizan un punto de partida para las relaciones con personas de la misma cultura y sociedad, al proporcionar unas referencias de base sobre las que construir una relación con ciertas probabilidades de éxito. El problema surge cuando esos modelos hipotéticos del otro se forman a partir de tergiversaciones de la realidad. Cuanto mayor sea el grado de tergiversación de la realidad del otro, mayores serán las dificultades de relación y habrá un riesgo más elevado de fracaso en las interacciones establecidas entre personas y grupos de diferente condición cultural y social. Por ello se hace preciso que los datos que tenemos de la realidad de los demás sean, si no exactos, sí, al menos, lo más objetivos posible, pues cualquier relación, sea del tipo y del signo que sea, sólo tendrá provecho, para quien la establezca, si parte de realidades y no de ficciones, por muy convincentes que parezcan.
Dentro de este marco de reflexión y dentro de las relaciones de España con el Islam, hay un punto capital que viene desde antiguo y sería muy conveniente dilucidar de una vez por todas. Este punto es la forma en que se debe aceptar la herencia islámica en la historia y la sociedad españolas.
En relación al Islam, los españoles o quienes vivan en España de entre los cristianos, en particular los intelectuales y los responsables de la educación y de los contenidos culturales de los medios de comunicación, deben reconocer la herencia islámica y árabe (puesto que con la judaica ya lo han hecho a través de su propia tradición religiosa realizada por la Iglesia Católica) y asimilarla de la misma manera que han reconocido y asimilado, a su manera, la herencia latina, griega y de otros pueblos como los vascos, los íberos y los celtas, pero también franceses y alemanes.
Y la herencia latina y griega resulta un buen ejemplo para ello, pues los cristianos en España no tienen ningún reparo en reconocer su deuda con esas culturas y su pertenencia, en ciertos aspectos (incluido su adhesión al cristianismo que es una herencia romana y griega y no judía, ya que su versión del cristianismo es la versión griega y romana del mismo, pero no la versión semita cuyos trazos vemos en el evangelio de Mateo y en el conflicto generado en el primer concilio de Jerusalén) y el valor de la mismas, incluso si no comparte, grosso modo, las creencias religiosas de esos pueblos predecesores suyos en lo cultural, pero no en lo étnico.
De la misma manera deben reconocer y aprender a valorar el Islam en sus realizaciones culturales y de civilización sin por ello sentirse compelidos a tener que abrazar las creencias islámicas. Ser equitativo en la valoración de los logros culturales, sociales y en el mundo de las ideas que ha llevado a cabo el Islam no precisa del corolario de la conversión a sus presupuestos ideológicos, si se considera que existen otros más adecuados a la mentalidad y circunstancias de quien juzga el Islam en su realidad histórica.
Precisamente ha sido y es esa suspensión del juicio en la valoración del Islam de forma equitativa lo que produce ese malestar y esa islamofobia, al menos relativa, que parece rodear los comentarios y los análisis de quienes tratan cualquier tema relativo al Islam en este país.
Y, por supuesto, ese juicio ponderado sobre el Islam no tiene por qué, ni debe, estar exento de críticas a los sucesos de la trayectoria del Islam y de sus sociedades e individuos. Pero esas críticas deben ser lógicas y racionales y, por tanto, moverse en unos parámetros que hagan de esas críticas elementos para una más justa valoración del Islam, en el caso de lo nos musulmanes, y un motivo de reflexión para los musulmanes que les empuje a la autocrítica, la rectificación y la enmienda. Lo que no conviene en absoluto, como hasta ahora ha sucedido, es que esas supuestas críticas se conviertan en cauce de todas las manías y de todos los rencores hacia el Islam y los musulmanes, por no ser de la manera en que los que no son musulmanes quisieran que fuesen, tanto el Islam como los musulmanes.
El desencuentro entre Occidente y el Islam proviene, desde la vertiente occidental y como causa principal, de la imposibilidad de Occidente de acceder a los conceptos ideológicos que dan forma al Islam, porque una parte importante de los supuestos especialistas en el Islam –orientalistas, islamólogos y arabistas- tampoco tienen acceso a ellos a causa de la falta de formación, sobre todo en la lengua árabe y en otras lenguas islámicas, a la deformación de los propios estudios islámicos con respecto al objeto de sus análisis (como ya demostró en su momento Edward Said) y a prejuicios inveterados en contra del Islam. Por otra parte, incluso en el caso de tener acceso y poseer un buen conocimiento de los temas islámicos, en ocasiones nos encontramos con que se evita el dar a conocer la verdad objetiva del Islam. Es posible que en esa reserva se oculte el miedo a perder el estatus entre los intelectuales occidentales y la credibilidad ante los poderes fácticos de la sociedad y la tan temida, temible y, sin embargo poco clara, opinión pública:
Todo intelectual, hombre público o pensador mediático debe atenerse a un discurso “responsable” sobre el Islam y los musulmanes, pues corre el riesgo de ser acusado de islamofilia o de angelicalismo[5].
Pero incluso en el supuesto de que se proporcione una información objetiva sobre el Islam y los musulmanes, la misma dinámica que los medios de comunicación, imponen a cada tema en particular conlleva, inevitablemente y en la visión imperante del Islam en las sociedades occidentales, su distorsión:
Allí donde el investigador cree explicar los fenómenos basándose en los resultados de las investigaciones, el poder de los medios de comunicación determina un cuadro de comunicación ampliamente irracional, dominado por la lógica del efecto y dónde el experto ya no controla la recepción de su discurso. Es algo completamente deplorable para la eficacia social del discurso erudito[6].
En múltiples ocasiones de debate en las que participan los supuestos adalides occidentales de la pluralidad y de la apertura a cualquier otra ideología ajena a la propia, el punto culminante se ha reducido a descubrir que tras cualquier postura ideológica no se encuentra una sólida base argumental derivada de razonamientos lógicos, sino un conglomerado de sensaciones y sentimientos irracionales en los que se fundan las filias y las fobias, las adhesiones y los rechazos. Se trata, de modo palpable, de una traición a los principios de la Ilustración, ese movimiento europeo que acercó en mucho Occidente al Islam y que puede ser denominado el pensamiento occidental más islámico –valga la expresión-, y, al mismo tiempo, de la clave del porqué del triunfo del totalitarismo en Occidente, desde los movimientos fascistas hasta hoy en día, en forma de globalización y neocolonialismo:
En la obra de estos remarcables orientalistas, hay una visión del Islam extremadamente tendenciosa, como si cada autor visualizara el Islam como una reflexión de sus propias debilidades[7].
La incomprensión hacia el otro, hacia Occidente en este caso, también existe entre los musulmanes. Éstos sólo son capaces de ver aquellos aspectos de la civilización occidental que les son más chocantes o más atractivos, tanto los positivos como los negativos, sin saber vislumbrar las condiciones en que esos aspectos aparecen o han aparecido ni tampoco el proceso ni los esfuerzos y sacrificios empleados en la consecución de un objetivo o de una situación.
Y así, creen que las libertades y los derechos que disfrutan las sociedades occidentales son producto de la idiosincrasia de sus pueblos y no de una larga lucha con numerosos mártires y vaivenes. De la misma manera que creen que lo más representativo de Occidente está en cierta relajación de las actuaciones morales, cuando la grandeza de Occidente se halla en haber sabido, en ciertos lugares y ciertos tiempos, haber dado preeminencia al mérito y al saber junto con el respeto por el ser humano. Algo que antes poseían las sociedades musulmanas, pero que han perdido.
Con esta actitud los musulmanes no se percatan de que están adoptando la misma postura y el mismo discurso que el que tenían los europeos medievales de ellos. Y por supuesto, se trata de una actitud ya no solamente no islámica, sino esencialmente anti-islámica, puesto que el Islam, aparte de ordenar el respeto de todos los hijos de Adán, impele a buscar el conocimiento, la sabiduría y el buen hacer allí donde se hallen. Y ésta fue una tarea que lograron abordar muy bien, tanto para su provecho como para el beneficio de la humanidad, los musulmanes de los siete primeros siglos del Islam, y que se encuentran, en estos momentos, lejos de ser abordada por sus herederos de ahora, si no se proponen un cambio de talante conforme al ideal y a las prescripciones del Corán.
Por otra parte, los musulmanes carecen de verdaderos expertos, o gente experimentada, en Occidente, y mucho menos de occidentalistas –no entra dentro de sus planteamientos una fórmula semejante-, que puedan traducirles la experiencia de Occidente. La ignorancia y la incapacidad de asimilar el pensamiento y la mentalidad occidentales, en el sentido de comprender sus motivos y sus razones pero no en el de tener que aceptar todos sus presupuestos, constituyen el motivo fundamental de que los musulmanes no sepan encontrar un entendimiento mejor con Occidente, ya que no saben en realidad qué es Occidente. Habría pues que pedirles a los musulmanes el que pusieran atención en alcanzar a ver correctamente las motivaciones de Occidente en ser como es. Aunque, claro está, las relaciones políticas que Occidente mantiene con el mundo arabo-islámico complican bastante dicha cuestión. De todos modos es un deber para los musulmanes, para su bien y el de los demás, el tener una visión ecuánime de cómo son Occidente y los occidentales.
La pluralidad de creencias y mentalidades es algo connatural al Islam, aunque los musulmanes, a veces por sí mismos y a veces por las situaciones que se les imponen (como el colonialismo o la pura y simple invasión de sus tierras como en Irak, Palestina y Afganistán), lo han olvidado. Existen múltiples versículos en el Corán que nos lo recuerdan:
Nosotros hemos hecho descender por derecho sobre ti la Escritura con la verdad, a modo de verificación de lo que se mantiene todavía de la Escritura revelada hasta el momento y como garante de la misma. Así pues, ¡Juzga entre ellos con aquello que Dios ha hecho descender! ¡Y no sigas sus deseos apartándote de la verdad que te ha llegado! Para todos vosotros hemos dispuesto una ley revelada y un modo de vida. Si Dios hubiera querido os habría dispuesto en una comunidad única. Pero lo ha hecho así para probaros en aquello que os ha concedido. Así pues, ¡Competid en las buenas obras! Hacia Dios conduce el lugar al que habéis de retornar todos vosotros. Entonces será cuando os informe de aquello en lo que habéis discrepado[8].
Y también:
Y si tu Señor hubiera querido hubiera hecho de las gentes una única comunidad. Y no dejarán de discrepar entre ellos, a excepción de aquellos a los que Dios tenga misericordia. Y para ello los ha creado[9].
Y también:
¡Oh gentes! En verdad que os hemos creado de un hombre y de una mujer y os hemos dispuesto en pueblos y en tribus para que os podáis reconocer unos a otros. En verdad el más honrado de vosotros ante Dios es aquél que más le venere. Dios es sabio y está informado[10].
Por esta razón, los musulmanes han de acordarse de que la existencia de no musulmanes es algo que entra en el plan de Dios y que va a durar hasta el fin de los tiempos. Los musulmanes de la edad de oro del Islam (entre los siglos VII y XIV) lo sabían y por ello no mostraban ninguna incomodidad ni recelo por esta causa, aun en el caso de que esto les llevara a ser expulsados de al-Ándalus, la tierra en la que estamos ahora. Si, en estos momentos, y gracias a la evolución europea y de la civilización occidental, existen más de 30 millones de musulmanes en Europa, es preciso tener presente este principio de pluralidad que constituye una de las creencias islámicas sin las cuales el musulmán no puede ser considerado, ni él mismo debe considerarse, musulmán.
Porque eso constituye algo que hay que reconocer a Occidente, que fue en su momento discípulo del Islam: que ahora mismo es el maestro de toda la humanidad en casi todos los aspectos de la sociedad y la convivencia. Y ahora es maestro porque ha sabido superar a su anterior mentor, el Islam, por haber conservado y desarrollado los principios que se hallan en la propia esencia del Islam, pero que han sido olvidados y preteridos por las sociedades y los individuos musulmanes. Y esa es la razón, el olvido de los principios del Islam y de su justa y conveniente aplicación, que ha hecho de los pueblos y los colectivos musulmanes grupos rezagados con respecto a los demás, occidentales y orientales, quienes sí son fieles a sus principios y se esfuerzan en la aplicación de los mismos.
El pensador musulmán Ibn Taymiyya (1263-1328), tan denostado entre los intelectuales mediáticos españoles y extranjeros por ser el mentor intelectual de la mayoría de los movimientos radicales musulmanes actuales –y ello a pesar de la amplitud de miras de Ibn Taymiyya y sin su conocimiento ni consentimiento-, posee una capital reflexión conocida por todos los musulmanes interesados en el tema, pero cuya transcendencia se les escapa en no pocas ocasiones, al igual que se ignora su existencia misma por los pretendidos especialistas no musulmanes en materia de Islam y de radicalismo islámico:
Dios auxilia al estado justo incluso en el caso en que no sea creyente[11]. Y se desentiende del estado injusto aunque sea creyente .
Del mismo modo, su discípulo Ibn Qayyim al-Yawziyya (1292-1350), comenta que:
Hay dos clases de actuación política [en el sentido de actuación socio-política]: La política injusta, que está prohibida por la ley revelada (shari ‘a). Y la política justa que obliga al perverso injusto a conceder el derecho que corresponda. Este tipo de política forma parte de la ley revelada, la conozca quien la conozca o la ignore quien la ignore[12].
De la misma manera que los musulmanes pudieron contribuir decisivamente al acervo cultural de la humanidad cuando sacrificaban sus vidas en pro de sus ideales, en el sentido de que se esforzaban por ser mejores en todos los aspectos del conocimiento y de la perfección humanos, también pueden volver a aportar su colaboración al mundo como creyentes en el Islam, en sus sociedades y en las de los demás, a condición de que vuelvan a ser ejemplos vivos de lo que predica Dios en el Corán y a través de la conducta del último de sus Profetas.
De no ser así, se les debería rogar entonces que dejen de presentarse como musulmanes y de deshonrar al Islam, a la espiritualidad y a la civilización que éste representa con unas actuaciones y unas ideas de las que el Islam es completamente inocente y no guarda relación alguna con ellas.
Los musulmanes deben comprender que, desde el punto de vista de la civilización, Occidente no es el adversario del Islam, sino el discípulo adelantado del Islam; de modo que lo que ha llegado a ser es consecuencia, en parte, de aquellos aspectos sociales e ideológicos que supo tomar del Islam. Si bien es cierto que no lo ha tomado todo. Pero otra importante porción de las enseñanzas y de los aciertos del Islam no han dejado de estar presentes en las sociedades islámicas. El esfuerzo de los musulmanes actuales, y de los que les sigan se halla, en esforzarse por unir estas dos mitades de desarrollo imbuidas de Islam en partes desiguales en un mismo y único Islam.
Se habla con frecuencia del progreso de la razón humana y de que no hay que poner trabas a su libre discurrir. Eso ocurre, sobre todo, al comentar la contribución de la filosofía, en particular la filosofía occidental, y la religión, en el sentido de las religiones reveladas. Se dice que las religiones reveladas son y han sido una rémora para el progreso humano y han sido el origen de desgracias sin nombre para el ser humano, individuos y pueblos. Y que sólo la filosofía, sojuzgada por el cristianismo y recuperada sólo con el Renacimiento, ha logrado, al menos en lo esencial y en lo realmente decisivo, elevar al hombre en el camino de perfección moral y ética. Sin embargo, se olvida, muy injustamente, el papel primordial de las religiones reveladas en la elevación de la ética y de la moral del ser humano.
Antes del cristianismo, y en paralelo con el judaísmo, hubo quinientos años de filosofía clásica, setecientos años si contamos a los filósofos presocráticos, y novecientos años, casi mil, si contamos las dos centurias posteriores a la misión de Jesús. En todos esos cientos de años, la filosofía no sirvió más que para la vivencia de un reducidísimo número de personas y jamás transcendió al grueso de los pueblos que la vieron surgir. Sólo las religiones reveladas elevaron a masas enteras de población a un nivel de exigencia ética y espiritual que no conocieron algunos de los más conspicuos practicantes de la filosofía clásica. Si ahora, en este siglo, podemos hablar de ética y de moral, de derechos humanos y de solidaridad, es por la preocupación de la Revelación en elevar el nivel del hombre. La mera reflexión intelectual de la filosofía es incapaz de proporcionar esta elevación ética y espiritual, tanto en el nivel individual como en el colectivo.
Los grandes valores éticos no provienen de la filosofía, sino de la religión. Y sólo ésta tiene poder para exigir del hombre un esfuerzo cada vez mayor para superarse en la perfección espiritual. De ahí que el hombre, para sobrepasar su mera condición animal, precisa de la religión. Está claro que la filosofía ayuda a la elevación espiritual y a la vivencia religiosa, pero no es ni su base ni su motor. Sólo la guía de la Revelación es capaz de revestir al hombre de la fuerza interior necesaria para no cejar de pedir más a sí mismo en el ámbito de su comportamiento moral. Cualquier exclusión de la guía revelada está condenada al fracaso, individual y colectivo, y carecerá de cualquier efecto o transcendencia. Y la historia está ahí para actuar de juez. Un juez que no acepta apelación en su veredicto y las sentencias que ha emitido son más que suficientes para comprobar la verdad de lo que precede.
[1]Blachère, Régis (1952): Le problème de Mahomet, Presses Universitaires, Paris.
[2]Génesis, 21, 9-21.
[3]Geisser, Vincent (2003): La nouvelle islamophobie, La Découverte, Paris, p. 47.
[4]Wasini, al-, Zuhayr (1998): Qatl al- ‘arabi (surat al- ‘arabi fi wasa’il al-i‘lam al-garbiyya) – “Matar al árabe (la imagen del árabe en los medios de comunicación occidental)”, al-Chara‘a, Tánger, nº 38, p. 74.
[5]Henry, J.R. y Frégosi, E. (1990): “Les médias sataniques », Le Nouvel Observateur, coll. « Portrait », « Les maîtres de l’Islam », 1990,, p. 64.
[6]Ibídem, p. 87.
[7]Said, Edward, (1990): Orientalismo, Ediciones Libertarias, El Escorial, Madrid.
[8]Corán, 5, La mesa, 48.
[9]Corán, 11, El Profeta Hud, 119-118.
[10]Corán 49, Las dependencias, 13.
[11]Ibn Taymiyya: Risalat al-hisba (tratado sobre el ordenamiento administrativo de las transacciones), presentación: la base del ordenamiento administrativo de las transacciones, p. 2.
[12]Ibn Qayyim al-yawziyya (1992): al-Turuq al-hukmiyya fi-s-siyasa al-shar‘iyya (las formas de gobernar según la política establecida por la ley revelada), Al-Madani, El Cairo, p. 5.












