Un fenòmeno el Mingo Echeverri., figura secular y por justicia hoy, distinguido Periodista Especializado. Y ya en esa condición, sabemos que por 1924 se le apareció la Galleguita, la divina la que a la playa argentina llegó una tarde abril, y él la levantó del puerto.
-No trajiste valija? – le preguntó, ella musitó ‘sin más prenda que mis negros ojos moros y mi cuerpito gentil’ y al toque nomás el Mingo la consolaría una movida semana en su bulín. Luego y sin poder ubicarla en la cadena de la Zwig Migdal le procuró hacer la noche en un cabaret de barrio, masomeno, sin sacarle un solo peso. Algo bien propio de la gauchada argentina y quizá por eso el Mingo tanto se calentó cuando un paisano malvado loco por no haber logrado sus caricias y su amor, - de la Galleguita, aclaremos- se pagó en cuotas un viaje a España para deschavarle a su santa madrecita, también gallega, la sacrificada actividad de esta ejemplar inmigrante que enorgullece a porteños y gallegos, más o menos en ese orden. Una mariconada del paisano malvado que desenfundara de inmediato una inviolable sabiduría popular: ‘tenés que ser gallego para ser alcahuete’; una calificación que gracias al Mingo Echeverri se hiciera extensiva a las demás congregaciones nacionales y extranjeras. Un avance contra la discriminación que necesitara de un decreto ley y ahora sirve par los alcahuetes de todo grupo o facción. Esa militante internacionalidad del Mingo define a un verdadero precursor, el mismo que discutiera con muchos tipos iguales o peores a ese gallego rufián, como resultara ese gil de cuarta que en plena calle Florida le grita a la mujer que lo abandonara ‘en la lista de tus cosos, primero, primero yo’. Eso nunca se divulga, varón, ni tampoco son caballerescos los arrugues estilo ‘portero suba y dígale a esa ingrata, que aquí la espero, que no me voy’, que le hiciera pontificar a nuestro héroe Echeverri ‘este tipo no era gil solamente con las minas; lo era también con los porteros’ y asunto terminado.
Aunque pese a estas contradicciones y como faro de la sensibilidad, el Mingo trataría con casi todo e listado de mujeres fatales en el tango: con esa rara y encendida de ojos con eléctrico ardor que en el fragor del champán loca reía por no llorar; con la del barrio la piba más bonita y aunque sus viejos no tenían mucha guita con familias muy bacanas se codeó, - un certero logro de movilidad social- y de paso con algún insigne referente de los tangueros según fuera aquel mártir añorador del barrio tranquilo de ayer que en un triste atardecer reconoce al viejo criado de la casita de los viejos, tan sólo por la voz. Una joya o efecto de realismo mágico de samputa que por 1932 hizo que el Echeverri felicitara al Enrique Cadícamo con un prolongado abrazo, tal vez cálido. .
Otra vez nuestro prócer al enterarse que un escriba común y no Periodista Especializado como él, divulgara ‘cuando a Carlos Gardel lo engalanaron igual a un Gardel cualquiera, con un mameluco de goma para adelgazar y llevarlo al gran país del norte a canzonetear híbridos, jotas y pasodobles, trocando la N por la R y ‘cartar silencio en la noche’, el único que de frente le paró el carro fue el Mingo Echeverri. Y ya debe saberse; . sucedió en el Café de los Angelitos de Rivadavia y no me acuerdo la otra, cuando el Mingo encaró al morocho Viajero del Abasto y le dijo ‘che gordito, conmigo ni a misa; si querés ser otro invento de la Paramout sin intimidad ni lágrima en la voz, andate a gardelar a otra parte. Pero no te olvides nunca que yo puedo quemarte diciendo por todo el barrio “Gardel es raro, lo han visto con otro” y ahí se acabaron tus andanzas. ¿Me entendió, che? Esto así textual pronunció el Mingo de corrido y ahí Carlitos, el bronce que todavía sonríe, miró tangamente a uno que iba con él junto al Tito Lusiardo zapateador de tango que vivió cien años, y le preguntó ¿qué me contursi, Lepera?. Un interrogante magistral del Morocho que neutralizó todo lo dicho hasta ese momento y en el futuro también.
Claro, quizá hubo entredichos nunca aclarados como la bronca y el silencio de Amado Nervo porque el ‘Día que me quieras’ jamás llegaría a ser un tango, y otra historia el Echeverri la sabía con puntos y comas, a saber: el nombre, apellido y domicilio de quien estrangulara con un lengue blanco al piloto del avión en la república de Medellín y después, como de paso, pretendiera cobrar derechos de autor por el universal proverbio ‘se vino abajo como Gardel’. Que a esta altura más que literaria, es una verdad éticamente histórica: también surgida del cerebro de este privilegiada del que hablamos. Y en cuanto seguiremos con varias dudas que el Mingo Echeverri ya explicara como Periodista Especializado un siglo y pico más tarde, será hasta luego.












